Esta semana he tenido a mis hijos enfermitos en casa, nada serio. Les he podido hacer reflexología podal. Es una herramienta que siempre me ha permitido prescindir de llevarlos al médico. Lástima que no me la pueda hacer a mí misma actualmente, pero estoy contenta porque aún puedo hacerla a los piececitos blanditos y suaves de los niños.

Y cuando estaba masajeando sus pies (que ya no son pequeños la verdad, son casi tan grandes como los míos…) sentí una gran admiración por la Naturaleza. Cómo he podido formar estos cuerpecitos tan perfectos en mi cuerpo, cómo se siguen formando y van creciendo tan maravillosamente, programados desde el momento de la concepción para desarrollarse con una precisión asombrosa.

Me pongo la medalla por la parte que me toca, y ayer me dio por pensar: si yo he podido hacer crecer estos niños tan bien hechos… qué menos que reparar mi propio cuerpo ahora que es obvio que tengo algunas «averías». No es posible que si he parido a estos querubines no pueda yo regenerarme y sanar.

Es más, cuando yo estaba creciendo en el vientre de mi madre logré formarme, nacer y vivir y todo funcionaba como un reloj suizo a pesar de algunos tropiezos que sufrimos mi madre y yo en el proceso. Sé que puedo volver a programar mi cuerpo para que vuelva a funcionar porque ¡funcionaba! Si hubiera nacido con los problemas que tengo ahora de movilidad y habla sabría que soy así. Pero sé que soy una mujer sana, activa y energética pasando por un bache en el camino.