Esta mañana tenía espasmos en el muslo y no se me pasaban de ninguna manera. Si intento masajearlo todavía se enrampa más. No es una gran molestia que necesite eliminar. Simplemente me da miedo. Me hace pensar en cuantas células nerviosas están muriendo cuando eso pasa, cuántas fibras musculares se están atrofiando, cuantas toxinas se liberan en sangre y me dan esa sensación de agotamiento tan habitual. Miedo de que en unas semanas ya no pueda andar ni con bastones, miedo de no poder levantarme de la taza del váter, miedo de perder más capacidades.
Miedo porque sé adónde me puede llevar esta enfermedad, porque sé como acaba con el cuerpo de las personas. Miedo del próximo desafío. Sí, estoy cagada de miedo.
Cuando era pequeña tenía mucho miedo de la oscuridad. Pensé que sobretodo me daba miedo estar sola en el bosque de noche. Quería enfrentarme a lo que me daba más miedo; no quería vivir condicionada por ello. Así que una noche que estábamos en la casa de campo me fui a pasear por el bosque de noche, sola, sin linterna ni nada. Recuerdo lo rápido que respiraba. No podía oír los ruidos del bosque porque mi corazón martilleaba a todo volumen. No había luna, sólo veía un puñado de estrellas entre las copas de los pinos. Me sabía el camino de memoria y por eso no me caí, pero tenía que andar muy despacito. En mi imaginación había lobos y jabalíes enormes acechando entre los matorrales. También psicópatas con hachas o sierras mecánicas como en las pelis. Respiré hondo, empecé a escuchar ruidos, ramas de los árboles crujir, el viento, una lechuza a lo lejos. No había lobos, pensé. Los hombres con hacha estarán durmiendo en sus casas, ya sería mucha casualidad que me encontrara con uno precisamente hoy, pensé. No me puede pasar nada diferente que de día. Para mí fueron horas pero estoy segura de que no estuve más de 15 minutos y volví a casa sin que nadie se diera cuenta de lo que había hecho. Mi conclusión fue que había pasado muchísimo miedo, pero que eso no me había matado, y que realmente no había estado en peligro. Aprendí que no hay nada malo en tener miedo. Tenía 9 años.
En mi profesión escuché a muchas comadronas y doulas decirle a las mujeres embarazadas que no podrían parir bien si tenían miedo, que debían trabajar los miedos antes de parir. Pero yo sabía que no importa tanto tener miedos, lo que marca la diferencia es la actitud que tengas frente al miedo. He visto mujeres parir que sentían mucho miedo en todo momento pero han cogido el toro por los cuernos y han apretado y parido a pesar de todo. El Amor, la Vida, son más fuertes que el miedo.
Tengo miedo, estoy acojonada, y eso no me para. Tengo mucho más de otras cosas que lo compensan.

Inspiradora y maravillosa como siempre!
Me gustaLe gusta a 1 persona
GRÀCIES, Mireia.
Qué facil es todo desde tus palabras!
Ese miedo consciente tuyo me da paz y mucho que entender desde el amor. T’estimo molt! Seguim!
Me gustaLe gusta a 1 persona