Cuando hacía Taekwondo de jovencita les decía a mis sobrinos tocando con un dedo mis duros cuádriceps: «mira mira, de aquí se hacen los aviones».

Mi entrega a mi profesión me distanció del deporte, aún así antes de quedar embarazada de mi primera hija volví a correr. De hecho eso me ayudó a superar las dificultades para concebir. Y después maternando me quedé tan fofa que no podía ni hacer una sentadilla. Aunque luego me puse en forma, ya estaba motomami y ya nunca más pude correr. Al menos me puedo flipar con la elíptica.

Hace dos años me hice un test de ADN y cuál fue mi sorpresa al ver que tengo el gen de deportista de élite: «posible velocista» dice el informe. ¡Jajaja! Y yo atrapada en una dimensión temporal lenta, quién lo iba a decir.

No pasa nada, yo puedo recordar la sensación estimulante de casi volar entre zancadas, como si el tiempo se detuviera en esa fracción de segundo en la que estás en el aire, el contacto con la tierra, el control de mi cuerpo, de mi respiración, el pecho a punto de estallar de gozo y de aire helado de madrugada… todo eso sigue ocurriendo dentro de mí, además soy super veloz con mi mente aunque por mis movimientos aparente ser el perezoso de Zootrópolis.

Así que en cierta manera sí, soy velocista y estoy orgullosa de ello.