Cuando leía los libros de Elisabeth Kübler Ross me parecía que las etapas eran consecutivas y que una vez que llegas a la aceptación la palmas y ya. Era porque las historias de los enfermos terminales hablaban de personas que por fin podían soltar y marcharse. Así que pensaba… bueno sin prisa por llegar a la aceptación ¿eh?

En realidad desde el primer momento que lo supe lo he aceptado. Y a la vez he llorado, he negado, negociado y me he cabreado. En un solo día he pasado por las 5 fases en órdenes diferentes y cada día lleva una pizca de cada. Vuelven y van diferentes cada vez los aspectos del duelo, sin dominar mi ser.

Pasan…

Aceptar que tengo motoneurona no significa que soy una santa en la montaña meditando y recibiendo la iluminación como en la imagen. Para nada. Además –alerta de comentario impopular– no soporto el yoga, jajaja.

Aceptar la enfermedad es decir que sí, que es cierto, que está aquí. Y también es sonreírme a mí misma cada vez que se me caen las cosas, que me tropiezo y me caigo, que me atasco hablando; cada vez que me atraganto, cuando no puedo más de agotamiento y son las 12 del mediodía… me abrazo y me digo que está bien así.

Aceptar no significa que me dejo caer y me rindo. No significa que dejo de intentar estar sana. Al contrario, es tomar la realidad y exprimir todo el potencial a mi disposición. Aceptar es seguir siendo feliz a pesar de lo que me ha tocado afrontar… y afrontarlo.

Aceptar esta enfermedad en mi cuerpo es saludarla como a una vieja conocida y decirle: ok tenemos que estar juntas… igualmente yo seguiré siendo yo, y tú tendrás un papel limitado en mí, nunca de protagonista. Y seguir viviendo mi vida con los míos.

Aceptar es dejar de lamentarme por todo lo que ya no puedo hacer, dejar de amargarme por lo que no podré hacer mañana y volcarme en lo que sí puedo hacer hoy. Esta fase del duelo te devuelve al aquí y ahora. Esto vale para todo.