¡Buf! menos mal que yo no tengo que pensar en cada cadena de ADN y ARN replicándose para fabricar todas las moléculas para cada función de mi cuerpo. Menos mal que yo no tengo que orquestar desde el pensamiento consciente el proceso de regeneración de mis músculos atrofiados y de mis neuronas moribundas. Ni de que las mitocondrias de mis células funcionen como deben. Qué gran alivio saber que yo no tengo que hacer gran cosa para que suceda algo casi milagroso: estar sana.

Mi cuerpo ya sabe cómo deberíamos ser, ya sabe que muchas cosas no han estado funcionando bien. Mi cuerpo tiene la inercia natural de autorrepararse. Si no lo ha podido hacer hasta ahora, es porque yo seguía haciendo aquello que me enfermó en primer lugar. Es decir: mi cuerpo no se podía regenerar porque estaba siendo contínuamente envenenado.

Ahora sólo tengo que hacer dos cosas: la primera dejar de meter veneno en mi cuerpo. Con eso ya podría detener el avance de la enfermedad. La segunda, para poder además recuperarme, consiste en alimentarme con los alimentos que me corresponden como especie, y aportar el máximo de energía posible a través de éstos. Es muy sencillo.

Y desde que estoy haciendo estas dos cosas, comiendo macrobiótica, mi cuerpo está haciendo su trabajo poco a poco. Si fuera yo la que manda, sin saber hubiera puesto a reparar las piernas lo primero, para poder salir corriendo si hiciera falta. Pero mi cuerpo es tan sabio que primero está regenerando los órganos vitales, y las piernas y los brazos no son prioritarios para la supervivencia.

¡Buf! Menos mal que no me encargo yo. Me quito el sombrero ante quién haya diseñado el cuerpo humano.