Cuando a alguien le pasa algo, lo que sea, algún problema de salud o accidente, yo no puedo resistirme a recomendarle las cosas que yo sé que van bien. Quien me conozca ya lo sabe. En mi familia ya lo ven venir cuando digo: «¡ponle arcilla verde!».
Me sigue ocurriendo (aunque en menor medida) que me viene el impulso de decirle a alguien: «podrías hacer esto o aquello…».
Sin embargo muchas veces pienso antes de hablar, y me digo a mí misma: «Pero tú qué le vas a decir, si no tienes credibilidad ninguna».
Si fueras a una peluquería y la peluquera tuviera el pelo como si hubiera metido los dedos en el enchufe, no le dejarías tocarte la cabellera, ¿verdad?… De la misma manera, ¡Yo ya no puedo darle lecciones de salud a nadie!
La enfermedad neurodegenerativa es ingrata porque aparentemente no hay una causa que dependa de una misma. Ni la alimentación, ni el ejercicio, ni los hábitos de vida parecen ser los que provocan la enfermedad.
Ya no tengo nada que decir a otra persona sobre su salud, ya que me miro a mí misma hecha una piltrafa y me doy cuenta de que todas las creencias que tenía sobre los hábitos de vida y la causalidad en el deterioro de la salud se han desmontado.
Reconozco que no sé nada sobre la salud. Toda una lección de humildad para una profesional de la salud y terapeuta como yo.
