Cuando supe que lo que me pasaba era lo mismo que dejó tetrapléjico al Dr. Stephen Hawking, lo primero que pensé fue: «¡Lo sabía, sabía que yo también soy un genio como él!»

Jajaja, no, en realidad pensé otra cosa. Una cosa que me dio esperanza desde el primer momento.

Pensé que si el profesor había podido vivir 55 años con la enfermedad (murió a los 76 años) yo también podría extender mi vida todo lo posible. Tenía una ventaja, mi deterioro había sido lento hasta el 2022, así que aunque pronto tendría que ir en silla de ruedas (al final no, pero hace un año se veía muy cerca) pensé que quizás podría hacer como él y seguir dando clases aunque tuviera que hablar con la tablet. Pensé incluso que ya que no podría trabajar físicamente quizás por fin podría sacarme el doctorado que llevo postponiendo tantos años por la crianza de mis hijos y el trabajo.

Estuve mucho tiempo leyendo sobre él, analizando en qué momento quizás se detuvo su progreso y mejoró su salud como para no morir de una neumonía o cualquier infección. De todas las reflexiones que hice, creo que la más importante es que Stephen Hawking tenía una gran motivación para vivir: su pasión por la astrofísica. Hasta qué punto llegaba su amor por la ciencia y el universo que incluso sin poder ni moverse ni hablar (ni respirar) realizaba investigación, daba conferencias, quería comprender el funcionamiento del cosmos y mostrarlo al resto del mundo.

Quizás yo no sea una genio, sin embargo tengo esto en común con él. Me apasiona mi profesión de comadrona, descubro cosas (sí, je je, increíblemente todavía quedan cosas por descubrir sobre el nacimiento, por antiguo que sea) y me encanta enseñar sobre ello.

El año pasado tuve una revelación, estando en uno de esos momentos de duermevela que el cansancio tóxico de la enfermedad nos proporciona. Me imaginé que el profesor Hawking me decía: «Si ahora pones toda tu energía en tu profesión, eso te motivará para seguir viva. El precio es alto, es como ser una mente sin cuerpo». Como respuesta una voz interior me dijo: «Si ahora pongo toda mi energía en sanar, luego tendré la posibilidad de hacer lo que me gusta y estando sana; quizás no destacaré profesionalmente pero tendré las otras cosas que forman parte de la vida, por ejemplo mi cuerpo».

No te explicaré si me costó o no tomar esa decisión en aquel momento. Tan sólo te diré que incluso en una situación en la que había poco para elegir, sin garantías de nada, cuando ni siquiera sabía que otros habían logrado revertir y todavía me creía lo que se dice sobre la ELA convencionalmente…, yo sentí que podía elegir algo. Y eso me dio poder.

Espero poder agradecer algún día a Stephen Hawking esa semillita de inspiración que dejó tras de sí. Nos veremos en el otro lado… pero dentro de 55 años por lo menos. A lo mejor hasta me saco el doctorado, pero sin ninguna prisa. Primero tengo que correr por la playa.