No lo puedo evitar, toda mi vida he tenido el impulso de cuidar, desde cualquier animalillo a las personas que me rodean. Por eso estudié enfermería, luego me formé como comadrona, aprendí reflexología, quiromasaje y varias terapias e incluso tuve hijos. Yo era la pesada esa que te dice en una cena que beber coca-cola podría tener algo que ver con tu migraña, o comer un postre con tanta leche y azúcar podría tener relación con esa rinitis alérgica. Ahora ya no lo digo, cada cual puede encargarse de lo suyo. No es que ya no me importen los demás, es que ahora me he convertido en la cuidadora número uno de la persona más importante para mí: yo misma. Y no me da para cuidar a los demás, aunque por mis hijos hago extras.

En mi caso ser mi propia cuidadora significa que a pesar de tener una enfermedad degenerativa no he llegado a ser dependiente del todo, me siento afortunada en ese sentido. También agradezco que nadie haya intentado tomar las riendas de mi proceso; necesito ser yo quien toma las decisiones y de momento están funcionando bien.

A veces me doy un poco de pena y siento que me gustaría que alguien se hiciera cargo de mi situación por mí, puede ser abrumador si me paro a pensar en todo lo que implica mi proceso. Y a los pocos minutos me salgo de ese agujero, pego un salto (figurativamente, claro) y me planto en primera línea de nuevo. Sé que no me puedo permitir el lujo de recrearme en la autocompasión. Aunque no estoy sola, revertir la ELA es algo que depende de mí.

En el próximo post te hablaré de mi equipo.