No vale comer pan sin gluten para sustituír el pan normal, y no vale estancarse y decir: «ya he superado lo más gordo, no quiero enfrentarme a más de mis mierdas porque se pasa muy mal».

Respecto a la parte física creo que un detonante fue que en 2008 descubrí que los empastes dentales llevaban mercurio y fui a sacármelos y cambiarlos por empastes modernos. Tenía 12 amalgamas. Me los sacaron sin tomar medidas para no contaminar. Recuerdo que tragué trocitos de amalgama de mercurio durante el procedimiento. También estuve expuesta a otros metales pesados durante la infancia. De niña comía todo lo que es neuroinflamatorio a diario desde la primera papilla. Exposición a Rayos X, a antibióticos y vacunas, todo en grandes cantidades porque tenía la suerte de ser hija de profesional sanitaria. Todo el veneno se me acumuló ya que mi cuerpo escogió los genes que no ayudan a desintoxicar de forma natural, mira qué bien.

Mis mierdas emocionales fueron los detonantes definitivos, en la época en la que nació mi segundo hijo yo vivía las 24 horas desbordada, enfadada, estresada, sin entender qué me estaba pasando. Claro, estaba recreando los patrones de supervivencia de mis antepasados, no estaba en mi lugar. Pero todo esto no lo podía saber entonces porque estaba en mi inconsciente y he tardado años de terapia en resolverlo. Ahora que ya no soy aquella mujer indignada y asustada puedo entender lo que me hizo enfermar. Un nivel de estrés muy grande en un cuerpo ya de por sí estresado con venenos varios.

Al igual que la comunidad científica, yo no sé la causa de la ELA. Está por descubrir. Sólo sé que hay un sinfín de factores que influyen en su aparición y su progresión. Te he contado los míos, quizás te resuene alguno.