– Pinzas de la ropa: antes de darme cuenta de que tenía menos fuerza en las manos noté que me costaba abrir las pinzas de la ropa. También se me caían al intentar ponerlas. Dejé de tender con pinzas en lugar de buscar una causa o solución. ¿Te suena? Esto ocurre porque no sólo afecta a la fuerza sino a la coordinación, la psicomotricidad fina.

– Bailar: antes de mis embarazos hacía danza oriental, y uno de los movimientos de caderas, el famoso «shimi» en el que agitas y se mueven las moneditas del pañuelo, ya no me salía cuando me volví a apuntar años más tarde teniendo a mis hijos pequeños. Además me costaba más hacer giros y no pude participar en las coreografías porque me sentía muy torpe. Hubiera sido un buen momento para consultar, si no fuera porque en mi caso lo achacaba a la obesidad con la que me quedé después de parir.

– Correr: cuando mi hijo pequeño se me escapaba en esa edad que literalmente «corres detrás de ellos todo el día», me di cuenta de que algo fallaba. No podía correr. Y yo corría habitualmente antes de mis embarazos. De nuevo creí que era por la obesidad, pero realmente me fallaba ese saltito que hay que dar para impulsar la zancada, justo ese movimiento, algún músculo no recibía la señal. Aquí la confusión que tuve fue muy concreta: aunque perdí 25 kg y ya no tenía obesidad seguía sin poder correr, se me rompieron los ligamentos de la rodilla y el menisco y ya creí que era por eso.

– Menisco y ligamentos: mi menisco y mis ligamentos cruzados anteriores de la rodilla deberían haber aguantado toda la vida. Tenía una leve distensión por una lesión antigua pero había podido hacer de todo con ella. Seguramente la debilidad de algunos músculos puso demasiada tensión en los ligamentos y por eso un día hice un mal gesto y se rompieron. Al final necesité una operación en 2019, de la que no lograba recuperarme bien porque ya tenía la enfermedad. Pero nadie se dio cuenta. Me decían que tenía que hacer más ejercicio, pero por más que hacía a diario no recuperaba la masa muscular perdida. Una vez más, creía que era yo la que hacía algo mal, o que no hacía suficiente. En realidad entrenaba una o dos horas al día casi cada día.