Había una vez una mujer que se sentía culpable por todo, por haber hecho daño a su madre al nacer, por estresar a su familia con sus problemas en la infancia, por no haber escogido el novio que prefería su madre, por no haber sido perfecta, por herir los sentimientos de alguien, por los errores cometidos, por no llegar a sus propias expectativas. A veces hasta se sentía culpable de cosas que le pasaban a los demás y que no tenían que ver con ella. Incluso de los problemas del mundo, guerras, sequías, calamidades, cambio climático… En todo ella sentía que seguro que algo que ella había hecho o dejado de hacer había desembocado en cada catástrofe. Cuando tuvo hijos la culpabilidad estaba servida en bandeja de plata por todas y cada una de sus decisiones.

Esa culpabilidad la hacía sentirse mustia por dentro, la debilitaba. Esa culpabilidad hacía que sintiera que no tenía derecho a andar sobre la tierra. Que no tenía derecho a ser escuchada, que no merecía disfrutar de bailar, cantar y reír. Que no se merecía ni comer alimentos deliciosos. Cuando su cuerpo hizo todas estas cosas para ella la mujer se hundió por completo. “¿Ahora tú me fallas también?” le espetó. Su cuerpo lloró y lloró incomprendido. Decía en voz alta: “He hecho todo, todo lo que tú me pediste. ¿Tampoco te parece bien?”.

La mujer que ya no podía andar sobre la tierra, ni rascarse la nariz; que ya no podía casi hablar ni contar chistes, que casi no podía comer y no disfrutaba ni de un vaso de agua, que sentía que le faltaba el aire… pidió que la dejaran en la hierba de un parque bajo la sombra fresca de los árboles para descansar y que la dejaran sola con su congoja. Al poco rato se le acercó una anciana que llevaba un mantón muy bonito tejido con lana blanca. 

Intentó decir “he pedido que me dejaran sola”, pero apenas se oyó un gemido. La anciana le dijo con enérgica voz:

“Eh, sal de ahí. Ese es mi sitio preferido del parque”.

La mujer abrió los ojos como platos, eso todavía lo podía hacer. Se la quedó mirando y no podía hacer nada. La anciana debió interpretar que le estaba vacilando. 

“Eh qué te has creído, ¿que eres mejor que yo?” le retó la señora.

La mujer al no poder responderle, reaccionar, ni siquiera moverse… sintió que aquella pregunta le llegaba primero a los oídos, luego al cerebro, luego a la garganta, fue descendiendo por el pecho hasta el abdomen y allí sintió que la pregunta iba dirigida a todo su ser. “¿Qué me he creído?” Un temblor en sus entrañas la estaba haciendo sentir muy incómoda. En una fracción de segundo vio toda su vida pasar bajo ese nuevo prisma: que qué me he creído, ¿que podría nacer sin causar dolor a mi madre, que dependía de mí? ¿Que una criatura no puede molestar a sus padres con sus necesidades cuando ellos eran los responsables de cuidarla? ¿Acaso me he creído que tenía que cumplir las expectativas de alguien o incluso las mías? ¿Me he creído que nunca heriría los sentimientos de nadie o que sería una madre perfecta? ¿Me he creído que los casquetes polares se funden por mi culpa? De pronto le vino una imagen de unos pingüinos saltando al agua desde un pedacito pequeño de hielo a la deriva y diciendo: “por tu culpa, nos morimos por tu culpa…” y esa idea era tan ridícula que la mujer sin poder controlarse empezó a reír desde lo más profundo de su ser. 

La anciana creyó al principio que estaba convulsionando claro, ya que reír cuando el cuerpo no funciona correctamente es complicado. Pero la mujer sintió que se aliviaba del peso de toda la culpa de su vida riendo, y cuando pudo parar de reír miró a la señora mayor y le dijo despacito pero con más claridad que antes: “No soy mejor que tú, soy una pésima persona y me encanta”. 

La anciana dijo: “Vaya, veo que no te piensas apartar de mi sitio.” y se sentó junto a ella.

La mujer le contestó con orgullo: “No, se acabó ser amable con todo el mundo.”

A lo que la señora le respondió indignada “Ni que lo hubieras sido…”

De nuevo las palabras descendieron hasta la profundidad de su ser. ¿Qué tenía aquella vieja que la estaba desmontando por completo? Nunca nadie le había dicho que no era amable. Al contrario, era siempre la más sacrificada, altruista, entregada, siempre poniéndose ella la última, para complacer a los demás. Todo el mundo contaba con ella y no podía decepcionar a nadie… ¿o si? Desde su barriga de nuevo como si fueran burbujas le subió una revelación: “Oh no, no he sido amable con la persona más importante: ¡conmigo misma!”. Y esta comprensión le provocó un llanto que venía de lo más profundo de su ser, con lágrimas, mocos, babas y gemidos. La señora se quedó observándola en silencio un rato, luego le tendió un pañuelo de papel y como la mujer no lo cogía le acabó limpiando la cara y murmurando algo que sonaba a “hay que ver esta juventud de hoy en día…”.

A la mujer ya no le importaba lo que la anciana pensara de ella, ni la gente que paseaba por el parque y que se detenía a mirar la escena sorprendida, qué extraño que le diera igual quedar bien o mal. Por fin había comprendido lo que su cuerpo llevaba años intentando decirle, y se sentía mucho más ligera. Como si flotara en el espacio entre galaxias y nebulosas, enorme, infinita… Un calor nuevo en su pecho subió hasta su rostro donde dibujó una sonrisa. Se dijo a sí misma: “¡Gracias!”

Pasados unos momentos volvió a percibirse en el parque tumbada con las copas de los árboles encima agitándose con una suave brisa y unas nubes cambiando de forma. Tenía la piel de gallina. 

“¿Y ahora qué?” se preguntó. Vio que su cuidadora se acercaba desde lejos, venía a recogerla. Miró a la anciana y le preguntó refiriéndose al mantón: “¿Lo has hecho tú?”

“Sí, con ganchillo”. respondió orgullosa.

“¿Me enseñarás por favor?” su voz sonó con suficiente claridad esta vez, y se preguntó cómo la anciana había entendido lo que dijo antes. Se encogió de hombros mentalmente.

“Vente el jueves, es muy fácil”. le dijo.

La mujer no pensó si podría o no mover las manos para tejer de aquí al jueves, sólo sabía que su cuerpo ya no necesitaría más manifestar toda aquella carga. Qué se había creído, ¿que saldría bien a la primera?  Iba a disfrutar de equivocarse tanto como pudiera.