El primer día que fui a rehabilitación pública pensé lo mismo que tú: esto será una broma, ¿no?

Al parecer tienen el buen criterio de ofrecer un buen calentamiento a los pacientes para que lleguen a la sala de rehabilitación ya habiendo hecho una parte de los ejercicios. Es como un mensaje subliminal: «aquí se viene a currar, abstenerse vagos».

Una vez arriba el fisioterapeuta es un encanto y me ayuda con los ejercicios, me hace movilizaciones, etc. Un trato excelente y me siento afortunada.

Pero luego hay que bajar, y cuando tienes motoneurona lo más peligroso es bajar escaleras por la falta de fuerza y coordinación, sobretodo 16 seguidas. Así que me ofrecieron una alternativa: un montacargas que si dejo de apretar el botón se podría quedar en medio y tendría que venir alguien de mantenimiento a sacarme. Cuando te falta fuerza, apretar un botón grande durante un minuto entero es bastante difícil y estresante. Aquel día lo logré y llegué abajo, pero no me apetece repetir. Voy bajando peldaño a peldaño y cuando llego abajo a lo mejor ya me he inventado una nueva historia (nunca me aburro).

Personas maravillosas, buenos profesionales, en unas instalaciones que servirían para cualquier otra cosa pero que alguien pensó «qué menos que poner un centro de rehabilitación aquí».