Nota: esta historia está basada en la saga de novelas de Harry Potter por J. K. Rowling. Agradezco a la autora crear un mundo mágico que da mucho de sí. Es fantasía y ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Estaba en una sala enorme con suelo de mármol blanco, paredes verde pastel y techo altísimo y muy luminoso a pesar del día lluvioso afuera. Se escuchaba una voz como de megafonía pero muy suave y agradable, casi musical, anunciando nombres de pacientes y la sala donde debían acudir. Había muchas puertas anchas numeradas de color azul y personas muy variopintas entrando y saliendo. Los que iban vestidos de verde lima parecían ser los sanadores. Vi un mostrador de información con el escudo de St Mungo que consiste en un hueso y una varita cruzados. Me dirigí hacia allí y una mujer rubia vestida del mismo azul que las puertas levantó la vista al verme y me dijo con voz monótona que me pusiera a la cola. Pensé: «esto no es tan diferente de un hospital muggle…» Claro que era mi primera vez allí. En seguida cambié de opinión.
En cuanto me situé en la cola un elfo doméstico me miró de arriba a abajo, se fijó en mis bastones, chasqueó los dedos y de pronto me vi sentada cómodamente en un sillón que se movió a una zona amplia como de sala de espera. Me dio un papelito luminoso con un número D087, y me señaló hacia el techo, donde aparecían números suspendidos y luminosos moviéndose por toda la sala que parpadeaban en rojo cuando llamaban al paciente. Miré a mi alrededor, había gente variopinta pero a excepción de un hombre vestido con una camisa a cuadros y tirantes y con una rama de árbol saliendo de su frente, no se veían grandes abnormalidades mágicas. Seguramente la mayoría venían por consultas externas. De pronto se oyeron voces elevadas en la entrada y oí que decían acercándose: «rápido, rápido a la tercera planta, le ha mordido una acromántula …» como un rayo una camilla sin patas levitando con una mujer tumbada en ella (con muy mal color) atravesó el hall y se metió en el ascensor mientras dos sanadores corrían junto a ella dirigiéndola con sus varitas. Me pareció ver muchos hilos blancos colgando de la camilla.
Se oyeron murmullos en la recepción, una señora mayor sentada cerca de mí en otro sillón me dijo «Oh Dios, espero que no sea grave» y asentí. Me había quedado perpleja y a la vez me recordó mis años trabajando en urgencias como enfermera y pensé que quizás no hubiera estado tan mal trabajar en St Mungo’s.
Aunque sabía poco de la forma de trabajar aquí. Cuando mi número parpadeó en rojo por los aires mi papel soltó un rayito de luz roja hacia arriba; en lugar de tener que levantarme se me acercó un enfermero vestido de rosa pálido y se sentó en un taburete que hizo aparecer a mi lado.
«Buenos días, señora…» y esperó a que le dijera mi nombre. Me preguntó el motivo de mi consulta y le intenté resumir en una frase todo lo que me pasaba, como había hecho la noche anterior con mi amiga Angie. Tomó nota en un cuaderno de todo lo que le dije y me indicó que esperara allí que tenía que consultar para derivarme con la sanadora o sanador adecuado.
Mientras esperaba vi que había retratos de magos y brujas de diferentes épocas que saludaban a sanadoras y enfermeros al pasar. También letreros con mensajes enmarcados en las paredes y en las puertas como: «Saca provecho de tus muertos» o «Agradece la enfermedad que te lleva a sanar». Casi me explota la cabeza al leer estas frases, la verdad. Decidí no seguir intentando analizarlas y saqué un pedazo de ganchillo que algún día podría ser un gorro. La señora a mi lado me cuestionó en seguida «Cariño, ¿no tienes varita? Si quieres te ayudo, como veo que te esfuerzas con las manos…» a lo que le respondí «Muy amable, gracias pero no, quiero hacerlo manualmente para ejercitar mis manos…» La mujer me miró como si tuviera monos en la cara, luego examinó mi trabajo y me dijo: «Pues que sepas que te has saltado puntos». Ok gracias, le contesté ruborizada, y deshice un trocito. Luego un enfermero la vino a buscar y entonces me di cuenta de que estaba atada a su sillón, porque en cuanto la desataron empezó a levitar unos centímetros. «Acompáñeme, señora – le dijo el enfermero – vamos a la segunda planta a que la vea la sanadora Gurian.» Y la llevó tirando de un arnés, la señora flotando como un globo dos palmos sobre el suelo.
Vaya… y parecía tan normal la señora… me sentí un poco fuera de lugar. Yo aquí con mi enfermedad muggle, con mis síntomas aburridos, y la gente con problemas mágicos de verdad. Quizás no había sido buena idea venir hasta aquí… Mientras me carcomía la inseguridad y me equivocaba otra vez con el ganchillo vi que se acercaba una enfermera pelirroja vestida con la túnica rosa pálido, una terrible combinación. Me dijo: «Hola Miriea – otra inglesa incapaz de decir bien mi nombre… – soy Anne, la aprendiz de sanadora de la segunda planta, trabajo con el sanador Soren Weiss experto en enfermedades mágicas raras. ¿Puedes andar hasta la planta? Tenemos ascensores.»
«Ah, o sea que no son enfermeras sino aprendices», pensé. Me di cuenta de que de hecho todos llevaban su nombre con el logo de St Mungo en el lado izquierdo del uniforme. Accedí a usar el ascensor, y por el pasillo fui viendo más retratos y frases extrañas como «Tu hígado vale más que tu cerebro».
Una vez en la sala de consulta Anne me presentó al sanador Soren Weiss, un hombre bastante alto con barba, apenas un poco mayor que yo y con acento alemán. Aunque la túnica verde lima no le quedaba bien (a nadie en realidad) su aspecto era amable. Me invitó a sentarme y me preguntó sobre mis síntomas, cuando comenzaron, etc. Entre los dos comprobaron mis síntomas de movimientos, reflejos, etc. haciéndome moverme por la habitación. Hasta aquí era bastante parecido a una consulta de médicos muggles.
Luego me tumbé en una camilla muy cómoda y comenzó lo divertido. Anne se colocó en la cabecera sosteniendo su varita encima de mi cabeza, y Soren agitó su varita subiendo y bajando a lo largo de mi cuerpo. Dijo unas palabras mágicas, parecidas a «revelio». Noté un calorcillo en algunas partes de mi cuerpo y vi que emitían una luz anaranjada. Mientras, me explicaba lo que hacía: «estoy chequeando qué partes de tu cuerpo tienen inflamación. Las partes iluminadas son las que están más afectadas. Por lo que sea, – aclaró – ya que a veces una persona puede tener varias enfermedades. De momento tienes más inflamación en otros órganos del cuerpo que en el cerebro, y muy poca en las piernas.»
Eso me desconcertó bastante y se lo dije: «los médicos muggles sólo miran el cerebro y el sistema nervioso, no les interesa ninguna otra parte del cuerpo. Estoy sorprendida, la verdad».
Anne tomó nota de los resultados de este análisis en una carpeta con mi historia clínica y el sanador Weiss continuó explicando: «Vamos a tratar los órganos que parecen afectados a ver si mejoras. Te pauto repetir este chequeo cada tres días. Entretanto quedarás ingresada en la planta para comenzar el tratamiento.»
«¿Y en qué consiste el tratamiento?» pregunté directa e impaciente.
«Por el momento te prescribo unas pociones para reducir la inflamación. También alimentos sanadores y ejercicio suave, por las mañanas Anne te acompañará a la planta de rehabilitación donde mi colega experta en musculatura valorará tu movilidad y te prescribirá ejercicios para aliviar los espasmos y la rigidez. Tendrás un descanso y después un especialista vendrá a la sala para hacer ejercicios de habla y respiración. Por las tardes deberás hacer una buena siesta y luego tendrás sesión de ungüentos…»
Yo estaba tan perpleja que tardé unos minutos en reaccionar. Por fin articulé palabra: «¿Pero entonces si tiene tratamiento para mí, es porque tiene un diagnóstico? ¿Sabe lo que tengo?»
Su respuesta me dejó estupefacta: «Mireia, no tengo ni idea de lo que tienes. Aunque sé de otras personas que han tenido síntomas como los tuyos, sus causas y su evolución fueron muy diferentes entre sí. Se le llama EMN o ALS igualmente. Yo todavía no te puedo decir por qué te pasa esto, ni si te podré curar. Vamos primero a ver cómo respondes.»
«Doctor Weiss… – comenzé y rápidamente corregí – ¡ay no!, es decir Sanador Weiss, quiero decirle algo: usted me cae bien.»
Me sonrió y me dijo que iríamos viendo durante estos días. Luego Anne me explicó que le vería casi a diario y que ella se haría cargo de mi seguimiento, me mostró la planta y finalmente mi habitación.
Aunque era una habitación doble en aquel momento no había ningún otro paciente así que estaría a mis anchas. Era amplia y diáfana, con vistas bonitas a un campo y un campanario, tenía un armario para mí, una mesa, un sillón y una cama. Todo con cortinas y encajes de estilo inglés, muy hogareño. Anne hizo aparecer cinco botellas de pociones de tamaños y colores diferentes y me dió un pergamino con las instrucciones para tomarlas.
Le pregunté si podía ir a la cafetería y me dijo que mejor que no comiera allí, no por que fuera malo sino porque a partir de ese momento sólo podía comer lo que me dieran ellos, alimentos especialmente seleccionados para sanarme. Automáticamente pensé en el chocolate que aún me quedaba en el bolso y ese pensamiento me tranquilizó. Respiré hondo y dije en voz alta: «esto es lo que he venido a hacer, ¡así que empezemos!».
«Esa es la actitud» me dijo Anne guiñándome el ojo.
Aquella tarde después de comer un estofado bastante bueno y unos frutos rojos muy amargos y tras una pequeña siesta me llevaron a una sala donde olía a aceites esenciales, allí me pusieron unguentos por todo el cuerpo y también me hicieron masajes muy agradables. Esto me estaba gustando, y además me estaba ilusionando mucho. La cena consistía en una taza de caldo y nada más. Aquella noche caí rendida de cansancio y relajación.
Al día siguiente me dieron un buen desayuno, parecido al que tomé el día antes pero sin salchichas, y muchas infusiones. Estuve ocupada toda la mañana con mi programa y antes de comer Anne vino a buscarme para ver al sanador Weiss. Me hizo más preguntas sobre mis síntomas, y entonces me preguntó sobre qué cosas me habían ocurrido en la vida alrededor del comienzo de los síntomas. Salieron muchas cosas personales y no pude evitar llorar cuando le hablé de la enfermedad y muerte de mi madre. Él tomó nota de todo y luego me dijo: «tenemos que investigar para llegar al origen, a la causa de esta enfermedad».
Yo le contesté: «¿Pero la causa de mis síntomas no es que se mueren las neuronas?»
«Uy no, – respondió él – Que mueran neuronas es lo último que ocurre, sería el síntoma más superficial. La causa no la conocemos aún pero la descubriremos».
Anne comentó entusiasmada: «Es como ser detective».
«Qué bien se lo pasan los cabrones» pensé para mis adentros. Pero tras toda la charla y la investigación ahora yo también me sentía como una detective. Docenas de memorias volvían al presente y se reordenaban en base a tener o no tener síntomas de la enfermedad. Y todo iba cobrando cierto sentido para mí. Aquella noche tuve sueños agitados, supongo que por toda la revolución que tenía por dentro.
Así pasó el día siguiente, siguiendo todas las prescripciones, y al tercer día como era domingo tuve descanso de ejercicios. Hice algunos estiramientos por mi cuenta y salí a dar un paseo con otros enfermos por el parque, a mi ritmo y con mis bastones de marcha nórdica. Como en el hospital no funcionaban los aparatos muggles aproveché la salida para hacer una videollamada a mi familia. Un grupo de pacientes se iba a comer al pub cercano, pero yo regresé para comer lo que me daban, como habíamos pactado. Pasé la tarde charlando con unos adolescentes ingresados por adicciones mágicas que me pusieron al día sobre los estupefacientes mágicos de moda.
El lunes por la mañana tuve visita con S. Weiss y Anne y me volvieron a escanear con magia. Aparecieron las luces anaranjadas en mi cuerpo y ellos tomaron notas en silencio. Susurraron entre ellos. Entonces nos sentamos y me habló: «Mireia, me has dicho que te sientes un poco mejor, imagino que por todo lo que haces cada día, pero no me esperaba encontrar esto: según el chequeo estás exactamente igual, con las mismas zonas inflamadas.»
«Bueno, no es normal?» Titubeé un poco «Es decir sólo llevo 4 días aquí, con el tratamiento…»
«Resulta que las pociones que estás tomando son tan potentes que normalmente en un día o dos las personas sanan. Debería haber desaparecido la inflamación aquí y aquí» dijo señalando partes de mi abdomen «imagino que la dieta, el ejercicio y los masajes te hacen sentir mejor, pero la causa sigue sin aparecer.»
«¡Oh no!» dije yo con voz temblorosa «Pensaba que iba bien encaminada… y ahora estoy realmente preocupada. ¿Eso significa que no hay nada que hacer?»
Soren abrió la boca para responderme pero le corté: «Dios mío, será porque he comido chocolate? era 95% de cacao, lo siento no pude resistir…» Y me puse a llorar avergonzada.
«Oh no no, tranquila» dijo él gesticulando con las manos y templando el tono de voz, mientras Anne me daba un pañuelo «de hecho el cacao podría formar parte de tu dieta sanadora, eso no es el problema. No, disculpa, sí que podremos hacer muchas cosas, simplemente te digo que no es una enfermedad sencilla y fácil de curar la que tienes tú. Tendremos que investigar mucho más.»
Tomé nota mental de pedir más chocolate ya que se me había acabado justo ayer, y me calmé un poco. «Ok, ¡pues a investigar!»
«De momento puedo confirmarte algo importante: dada la resistencia a las pociones estoy seguro de que se trata de una enfermedad mágica. No es una enfermedad común ni muggle, eso seguro.»
En aquel momento sentí muchas cosas a la vez. Por un lado si era mágica y estaba entre magos, más posibilidades de sanar. Por otro lado, si es una enfermedad mágica, por qué en el mundo muggle la gente la padece? ¿Acaso los enfermos de ELA son magos y brujas camuflados? O compartimos la «causa» pero no tienen por qué ser magos todos los enfermos, y lo más importante, ¿alguien ha podido curarse de esta enfermedad con magia? Esto último lo pregunté en voz alta.
Soren bajó el rostro y muy serio me dijo: «Ayer pregunté a una colega de Ilvermorny sobre tu enfermedad y… lamentablemente no se conoce ningún caso que se haya curado».
«Siempre tiene que haber una primera vez» dije en voz alta «Uy, ¿eso lo he dicho yo? Me ha salido sin darme cuenta». Algo en mi interior me guiñó el ojo y sentí una chispa.
CONTINUARÁ
Vocabulario mágico
St Mungo’s: hospital para heridas y enfermedades mágicas que se encuentra en Londres y al que acuden los magos y brujas del Reino Unido.
Muggles: personas no mágicas.
Elfo doméstico: seres bajitos y serviciales que aparecen en la historia de Harry Potter.
Acromántula: Tarántula gigantesca muy agresiva y venenosa.
Ilvermorny: Escuela de magia equivalente a Hogwarts en Massachusetts, Estados Unidos de América.

Que bien escribes Mireia, me encanta esta historia.
Besitos.
Me gustaLe gusta a 1 persona