Nota: esta historia está basada en la saga de novelas de Harry Potter por J. K. Rowling. Agradezco a la autora crear un mundo mágico que da mucho de sí. Es fantasía y ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Todos estos años viviendo entre muggles no he mantenido el contacto con el mundo mágico del Reino Unido, por ejemplo no estoy suscrita al Daily Prophet, pero sé que el sistema sanitario mágico allí funciona muy bien y dado que aquí el servicio muggle no puede tratar la motoneurona he decidido ir al hospital de San Mungo para heridas y enfermedades mágicas. No he podido averiguar si allí tratan este tipo de enfermedades pero en un momento de inspiración me vino la idea y voy a probar suerte. Como es probable que tenga que quedarme por un tiempo allí, mi familia aprovecha para visitar unos amigos en el sur de Londres y nos separamos al llegar con la promesa de que les enviaré una lechuza en cuanto sepa alguna cosa.

Una vez en Londres busco el punto donde debería estar el hospital y no encuentro el edificio, resulta que hay un centro comercial y una compañía de seguros en el punto exacto donde antes había los escaparates de Purge and Douse. No veo ni el escaparate ni el maniquí decrépito vestido de verde que aparece en la descripción en los libros. Miro a mi alrededor en busca de alguien con ropa extraña, con pintas raras como de magos disfrazados de muggles… pero resulta que estoy en Londres, aquí lo raro es encontrar a alguien con pinta de salir en una serie familiar.

Veo una pareja vestida básicamente de negro con unas botas de plataformas muy altas, medias de rejilla y piercings y tachuelas por todas partes, maquillaje blanco y pintalabios negro; luego una mujer vestida con un sari turquesa, con el punto rojo en la frente y con dos niños que llevan túnicas largas y se encuentran con un hombre con turbante, entonces aparece un hombre muy bajito con un traje marrón y un sombrero acompañado por un San Bernardo casi tan grande como él, y por otro lado una adolescente que camina encorvada cargando con una gran mochila, con las orejas agrandadas y media cabeza rapada al cero y la otra media con rastas, para no hablar de su colorido atuendo. Un grupo de 3 hombres negros vestidos con unas camisas falderas púrpura muy extrañas, pantalones holgados y sombreros taquiyah dorados me llaman la atención. Por su atuendo podrían ser magos, uno de ellos incluso se parece a un compañero de clase en Hogwarts de hace más de 20 años… pero podría no ser, todos hemos cambiado… me dispongo a acercarme cuando se encuentran con una señora blanca muy alta de cabello blanco con un peinado clásico, distinguida y elegante con un bastón, y al parecer entablan una agradable conversación.

Cualquiera de ellos podrían ser magos o muggles. ¿Cómo lo averiguo? ¿Cómo me acerco a alguno de estos personajes y le pregunto por el hospital de magos? Indecisa y muy cansada me siento en un banco; primero lloro un poco, un señor me mira al pasar con media sonrisa como de empatía, al cruzar la mirada se pone serio de nuevo y se va; mordisqueo una tableta de chocolate que siempre llevo en el bolso, y cuando se me pasa el pánico inicial pienso en los puntos que hay en Londres para acceder al mundo mágico como si desplegara un mapa en mi cabeza.

Ahora mismo el punto más cercano es la cabina de teléfonos roja que se encuentra en Westminster, así que me dirijo hacia allí. Aunque está cerca ya no puedo dar largos paseos así que tomo un autobús para un par de paradas y a parte de que casi me caigo de bruces al ponerse en marcha y de que el olor a grasa rancia y a pipí de gato es abrumador llego sin incidencias al lugar en cuestión. Lo que no me esperaba para nada es que habría una cola de turistas para hacerse fotos junto a la cabina o incluso dentro de ella, pasa mucho rato y me doy cuenta de que de ninguna manera voy a poder entrar al ministerio de magia como visitante para pedir indicaciones sin ser vista por muggles. Seguramente cambiaron la entrada… También intento usar la entrada para trabajadores del ministerio, que son los lavabos públicos muy cerca de allí (tienen que subirse al retrete y entrar por él) pero sólo son para trabajadores y no tengo la tarjeta mágica que activa el apestoso portal. Así que mi mayor logro hasta el momento ha sido meter el pie en un wc público sin darme un porrazo.

Ahora ya bastante preocupada y con un pie mojado intento recordar el lugar exacto del pub… ¡Ah sí! Tomo el metro hasta Charing Cross, donde encuentro el cartel en el que pone «The Leaky Cauldron», el caldero chorreante, qué recuerdos de cuando vine por primera vez hace muchos años para comprar mi material para ir a Hogwarts… Por fin entro en un lugar donde sé que encontraré a alguien del mundo mágico.

Cuando por fin entro en el pub estoy tan agotada que me siento en un sillón de aspecto mullido y decido esperar a que vengan a servirme. Ya estoy en zona segura, ahora no hay prisa ninguna. Saco el móvil y envío un mensaje corto a mi marido diciéndole que estoy en el pub y besos a todos.

Guardo el móvil y por fin me siento con fuerzas de mirar a mi alrededor. El pub está como siempre, con la decoración clásica británica consistente en numerosos cuadros y recortes de periódico antiguos con marcos de madera, lámparas vintage, letreros y una gran barra en el centro. Está poco concurrido, veo gente variopinta, algunos con pinta de muggles y otros con su toque extravagante de vestimenta de magos (túnicas, extraños sobreros, moda «vintage»…). En la pared junto a mí veo un recorte amarillento del Daily Prophet del 1998 enmarcado en el que anuncia el titular «Fin de la guerra, Harry Potter ha acabado con el innombrable». Empiezo a leer el recorte cuando oigo una dulce voz familiar: «¿Miriea?»

Mi nombre mal pronunciado, ¡qué recuerdos! Es una mujer rubia bellísima que no ha cambiado en 27 años, mi compañera de clase en Hogwarts y una buena amiga.

«¡Angie! ¿Ahora trabajas aquí? Qué alegría verte». Nos abrazamos y ella sacude su varita y aparecen dos cervezas de mantequilla en la mesa y un platito con pastitas de calabaza.

«¿Pero cómo has llegado? – parlotea ella muy rápido – No sabía nada de que vendrías, no te preocupes Terry se encargará de la barra, podemos charlar un rato». Angie hizo un gesto a Terry y él le guiñó el ojo y fue a atender a una mesa «¿Y esos bastones? ¿Vienes de hacer marcha nórdica?»

«Sí, ahora te cuento, es que como vivo en Cataluña entre muggles no estoy acostumbrada a enviar lechuzas, ni siquiera he usado un traslador, hemos viajado en avión muggle. Es muy divertido…»

Angie contestó: «¿de verdad? ¡Debe haber sido una experiencia inolvidable volar en avión muggle! ¿Y vives en una casa muggle con aparatos eclécticos y esas cosas?»

Nos reímos un poco, brindamos con las cervezas y tras un buen trago le conté: «Quería ir a St Mungo’s, por un problema de salud, así que fui directamente al lugar que conocía, en los viejos almacenes de Purge and Douse, y no pude encontrar la entrada.»

«Por eso has venido aquí, para preguntar por el nuevo acceso, ¿verdad?» respondió ella animada. «Hace unos años cambiaron la ubicación del hospital, ya que tenían muchos problemas con los permisos de obras de los muggles. Ahora hay vías de acceso rápidas.»

«Oh, ¡claro! ¡Ahora lo entiendo!» Exclamé aliviada de verdad.

«Luego te explico cómo llegar Miriea» Dijo alegremente. Entonces Angie se acercó más a mí y bajó un poco el tono de voz «Oye… ¿y qué te pasa? ¿Me lo quieres contar?»

«Si… bueno…» tragué saliva y tomé una respiración antes de hablar «Tengo una extraña enfermedad. No puedo andar bien y por eso voy con bastones, además me canso mucho, y cada vez puedo hacer menos movimientos. Incluso me cuesta hablar.»

Angie me miró con ojos compasivos y me tocó la mano «¡Oh no! Lo debes haber pasado mal, lo siento» y en seguida cambió su expresión por una sonrisa «Pero seguro que te curan en St Mungo’s, hay muy buenos sanadores. A mi hijo le salieron antenas cuando comenzó a practicar en casa antes de ir a Hogwarts y se las pudieron quitar unos días antes… imagínate comenzar el curso con eso en la cabeza!» – dijo gesticulando.

Me dió la risa y ella también rió, le dije: «Tu hijo ya en Hogwarts…, pues tenemos mucho que contarnos Angie, verdad?»

Luego le conté: «He ido a los médicos muggles, pero no pueden ayudarme. No saben ni qué causa la enfermedad, ni cómo pararla. Si me quedo allí haciendo lo que me dicen, acabaré por no poder mover ningún músculo de mi cuerpo. Es aterrador – le dije – mucha gente está muriendo de esta enfermedad en el mundo muggle y no hay nada para frenarla. Alargan la vida con tecnología, pero ninguna medicina sirve.»

«Claro, ni siquiera tienen el grado básico en pociones» concluyó Angie como de sentido común. «Al menos tendrás hechizos que te puedan ayudar. En el hospital nuevo hay una planta donde enseñan a volver a hacer las cosas normales después de una enfermedad, como se llama… mi padre fue allí… Rehabinosequé?»

«Ah sí, ¡rehabilitación!» respondí. «Espero que tu padre esté bien»

«Oh sí, ya se recuperó…» Angie me contó detalles sobre la salud de su padre.

Estuvimos hablando un buen rato sobre la familia y nos pusimos al día de muchas cosas. Aunque estaba muy emocionada por el encuentro y por poder volver a hablar con alguien del mundo mágico después de tanto tiempo, ya no podía disimular mis bostezos. Al final por miedo a ofenderla le expliqué:

«Lo siento Angie, no es que me aburra, es que uno de los síntomas de mi enfermedad es estar muy cansada y tener mucho sueño…»

A lo que Angie respondió: «¡Oh no dulzura! ¡Soy una pésima anfitriona! Por supuesto necesitas cenar algo y descansar, ¡lo siento Miriea!»

Yo le dediqué media sonrisa y le dije: «Eres tan británica, ¡lo echaba de menos!» y ella soltó una risita falsa. Le dije: «vale no te quiero entretener más si tienes trabajo, dime: ¿cómo voy a St Mungo’s?»

«Oh, no no no ricura, tú te quedas a pasar la noche, invita la casa, o sea yo.» se puso en pie y comenzó a agitar su varita provocando movimientos de platos y cubertería, etc que se iban colocando en la mesa con elegancia. Me miró fijamente con sus ojos azules penetrantes y me dijo: «Así entrarás fresca por la mañana, igualmente por la noche no hacen admisiones si no es una emergencia y te harían esperar.»

Yo la miraba boquiabierta: «Angie, ¿me estás diciendo que tú eres la dueña del Caldero Chorreante? ¡Y yo creía que te estaba poniendo en apuros y que vendría tu jefe a echarte bronca!»

«¡Aquí me tienes, la jefa!» Dijo ella con orgullo. «Mi trabajo es la hospitalidad, y lo ejerzo con convicción. Hoy cenamos juntas y… ¿luego te apuntas a una fiesta de pijamas?»

Para mis adentros yo pensaba «¿qué parte de estoy agotada no ha entendido?» Pero estaba tan emocionada que le dije: «¡a topee!»

Ella se fue a enviar una lechuza con un mensajito y luego se asomó a la cocina a dar órdenes. Luego volvió y con un toque de su varita apareció comida muy apetitosa en la mesa. El pub se fue vaciando, era tarde incluso para cenar y la clientela se tomaba las últimas cervezas. Supuse que al ser miércoles no habría mucho algarabío esa noche. Empezamos a comer y llegó una lechuza por la ventana que dejó un papelito delante de Angie y a cambio se llevó un trozo de carne con salsa.

«Anda mira, ¡dice que se apunta!» exclamó ella contenta.

«¿Cómo dices? ¿quién?» le pregunté a punto de atragantarme con la salsa picante.

«Seren Davies, ¡nuestra compi!» dijo emocionada «¡se viene a la fiesta de pijamas!»

«Oh» – intenté hablar con la boca llena lo que acabó con un violento ataque de tos, ella me lanzó un hechizo «anapneo» y se me pasó. Acabamos riendo un montón a carcajadas, aunque noté su mirada preocupada y yo me encogí de hombros, como diciendo: «estoy acostumbrada.»

Seren y Angie… Juntas de nuevo. Éramos el trío de amigas en nuestro curso, así que a pesar del cansancio me pareció un plan perfecto.

Como si leyera mi pensamiento al acabar de cenar me ofreció una poción energética. Yo dudé ya que no solía tomar pociones de este tipo y le dije que igual me sentaría mal. A lo que ella respondió: «pero mañana vas a St Mungo’s, te arreglarán todo, hasta la resaca, ya verás.» Y me guiñó el ojo y me tomé la poción, qué diablos.

Disfruté mucho aquella noche de fiesta de pijamas con mis amigas, riendo tanto que me daban rampas en las costillas y todo, pero no me importaba. Recordando las travesuras que hacíamos en Hogwarts, tantas historias vividas en aquel castillo y en Hogsmeade, el pueblecito mágico donde íbamos los fines de semana, las tonterías de la edad del pavo… parecía que volvíamos a ser aquellas chiquillas que se creían mujeres poderosas con 14 años. Al final caí rendida y me dejaron dormir unas horas.

A las 8 de la mañana Angie abrió las cortinas de la habitación y entró toda la luz. «despierta dormilona. Tienes el desayuno abajo». y oí sus pasos bajando las escaleras. ¡Estaba super cansada! Pero muy feliz. Me vestí lentamente, recogí mi pijama, mi neceser, mi libro (que no llegué ni a hojear) y lo metí todo en mi diminuto bolso hechizado para que quepa todo y no pese nada.

Tras un delicioso desayuno inglés con sus huevos, salchichas, tomates y bacon, y unos baked beans con salsa de tomate y una buena taza de té, Angie me dijo: «Miriea, es hora de que vayas a St Mungo’s, yo ahora tengo que ir a hacer unos pedidos a Diagon Alley. Ven que usarás los polvos flu…»

Me acompañó a una sala privada donde había una gran chimenea y en la repisa había un cuenco con los polvos verdes que se usan para viajar por la red de chimeneas del Reino Unido. Puede ser poco higiénico pero es bastante cómodo y seguro.

Nos abrazamos y le di las gracias por tanta hospitalidad, nos despedimos con un «Escríbeme pronto» y me metí en la chimenea con un puñado de polvos flu en una mano y mis bastones en la otra. Dije en voz alta: «Recepción del hospital St Mungo’s» a la vez que lanzaba los polvos hacia el suelo y se formó una llamarada verde que me engulló: sentí que me movía como si tirasen de mí y todo estaba muy oscuro por un momento. Seguidamente noté que ya no me movía y abrí los ojos polvorientos de ceniza tosiendo un poco por el polvo.

CONTINUARÁ


Vocabulario mágico:

Muggle: persona no mágica.

Daily Prophet: periódico británico del mundo mágico.

St Mungo’s: hospital para heridas y enfermedades mágicas que se encuentra en Londres y al que acuden los magos y brujas del Reino Unido.

Hogwarts: escuela de magia a la que acuden magos y brujas de entre 11 y 18 años. Equivalente a ESO y Bachillerato. Se encuentra en Escocia.

Polvos Flu: permiten viajar entre chimeneas del Reino Unido que están conectadas a la red mágica.

Traslador: objetos mundanos hechizados que al tocarlos permiten viajar como teletransporte.

Diagon Alley: calle donde se encuentran las tiendas mágicas más populares en Londres y a la que se accede desde el pub El Caldero Chorreante.