Una de las cosas que he aprendido gracias a mi profesión de comadrona es que los bebés lloran bastantes veces antes de poder reír a carcajadas. Y las mujeres sentimos el dolor e intensidad del parto para poder sonreír a nuestros hijos desde lo más profundo de nuestro corazón.
Del mismo modo, para poder darle un toque de humor a mi situación actual, para poder reír contigo y poner buena cara a la Vida, primero tengo que llorar.
Llorar, llorar y llorar hasta crear un río y tener que salir nadando de casa, como Alicia en el país de las maravillas a la deriva en su mar de lágrimas. Llorar por lo perdido, llorar de miedo, llorar por el futuro aterrador, por mis hijos, por mis proyectos frustrados, por mi familia… Llorar porque ahora los recuerdos alegres de mi vida toman un tono triste. Llorar de pena porque llevo todo el puto día llorando y no me sale hacer nada más.
Llorar como un bebé en brazos de mi marido, llorar juntos, abrazados; llorar sola, llorar con mis amigas, llorar contigo que también sufres EMN/ELA, hacerte llorar a tí que me lees (qué hijaputa soy ¿verdad?).
No lloro glamurosamente como Audrey Hepburn, lloro con toda la cara empapada de lágrimas y mocos, con kleenex a mi alrededor y peste a sudada.
Y luego con los ojos hinchados y un careto de Chucky respiro hondo y puedo sonreír otra vez…
Me pareció necesario explicar esto, por que este blog es muy, muy real.
